Allá a lo lejos, cuando tenía 8
años, me enamoré. Un amor sincero y apasionado que vibra todavía. Me enamoré de
leer.
En casa solo teníamos revistas,
tebeos, una enciclopedia y el periódico de los domingos. A papá le gustaban los
comics y las novelitas de vaqueros que cambiaba en el quiosco de la esquina por
1 peseta.
Ese verano fuimos a casa de mis
tíos y no había tebeos. Mi tía me dejó un libro de mi prima. Era un libro de
“Los cinco” de Enid Blyton. No quería separarme de él hasta que lo terminará,
cosa imposible en dos horas de visita. Al ver mi disgusto, al día siguiente
papá me trajo dos libros de “Los cinco”. No acertó el título, pero me los leí.
Luego de leerlos, papá los quiso devolver. Lloré y supliqué que no me separaran
de ellos, eran mis amigos, habíamos compartido emociones juntos. Tan
desesperado fue mi llanto que ahí comenzó mi colección.
A partir de ese momento fuimos
felices, con algunas pequeñas condiciones: quitarles el polvo todos los días al
volver del colegio, ayudar en casa, colaborar con los deberes de mis hermanos y
mantener mi habitación en un estado cercano a la inspección militar. Después de
todo eso, ya hacía yo mis deberes.
Y por la noche, debajo de las
mantas y con una linterna, seguía leyendo a escondidas como cualquier persona
con una adicción seria. 😊
Nuestra relación aun dura.

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