29.5.26

Decía D. Jorge...

 


Siempre que me doy cuenta, tengo los versos de D. Jorge Manrique en mi cabeza. Sus Coplas a la muerte de su padre hacen gala de un conocimiento de la vida que trasciende lo meramente observable. 

Nuestras vidas son como ríos
que van a dar al mar
que es el morir

Estos han sido días de renacer a la vida, de tener coraje para seguir adelante, tomar la realidad tal y como se presenta y saber que estás sola, que nadie puede resolver por ti lo que tú misma tienes que resolver.

Manrique lo dice desde el principio: Recuerde el alma dormida…

Como, muchas veces, estamos dormidos cuando no vemos lo que no queremos ver, como apartamos la mirada de aquello que nos daña; como, a veces, nos quedamos ciegos por amor. 

Por amor mendigamos. Por ser visibles también.

Pero hay una copla que me chirría, aunque por poco tiempo

Cuando, a nuestro parecer
cualquier tiempo pasado
fue mejor

Alude a una nostalgia ciega.
Manrique enseguida matiza:

Si juzgamos sabiamente
daremos lo no venido por pasado.

Y aun así, algo en nosotros se queda enganchado a la versión antigua de quien fuimos.

28.5.26

Dirección contraria


 

Me divorcié de un hombre “difícil” por decir algo, tanto que hizo santa a mamá. Tenía un hijo pequeño y busque refugio en ella. ¡Qué ilusa!

-¡En mi casa no te quiero!

-¡No pienses que voy a cuidar de tu hijo si no es por trabajo!

Y después de otras lindezas por el estilo, el veredicto, que ya llovía sobre mojado:

-¡No vales nada!

El tiempo pasa y ves que sí, que vales, que has hecho muchas cosas, entre ellas ayudar a otras personas, estudiar, impartir clases, liderar grupos, trabajar y criar. Una casa, un libro, un árbol… un hijo y un nieto.

Saborear que mi hijo centrase su vida, ver como pasa las penurias de ser padre, ver como sigue mis pasos ayudando a su hijo como yo lo ayudaba a él. Qué levanta la cabeza para seguir adelante pese a todo.

Es mi orgullo.

Moraleja: Toda educación sirve para algo, aunque sea para tomar la dirección contraria.




27.5.26

Tengo una muñeca

 

Yo tenía una hermanita. 

Nació cuando yo iba a cumplir 8 años. Las monjitas del colegio me decían:

“Narcisa, tienes que estar muy contenta y portarte muy bien. Tienes que querer mucho a tus hermanitos” Hasta el nacimiento de mi hermanita, habían nacido dos chicos.

Era coloradita y casi calva, ¡pero era tan bonita! La niña tuvo que tomar biberón así que mi yaya y yo ayudábamos a mi madre. ¡Ya éramos cuatro!

Por la noche yo la acunaba y la dormía. La quería mucho.

Era tan mona, que al crecer se convirtió en un mono satélite de mamá, solo para que mamá le hiciera caso. Eso incluyó repetir como ciertas todas las historias de mamá.

Yo tenía una hermanita.




26.5.26

Las higueras

 

Mi abuelo era alto. 

Hacíamos excursiones por la montaña siendo yo bien pequeña… recuerdo correr tras él para poder seguir sus pasos. Estas excursiones eran bajo el sol del verano.

Cuando me veía cansada buscaba una higuera, me sentaba en una rama y el trepaba por el árbol hasta que encontraba higos y me los daba.

Eso era tranquilidad. Olía a verano.

Muchos años después, a mitad de mi vida, tuve muy mala salud y andaba siempre cansada. Una persona que me quería bien (porque no todos los que te quieren, te quieren bien) me llevaba a unos campos con nogales e higueras y allí podía comer los higos recién arrancados del árbol.

Y poco a poco volvía la fuerza.

Olía a verano


25.5.26

El rayo que no cesa

 


Había días en que papá no estaba de humor. 

Teníamos que andar de puntillas porque nunca sabíamos cuándo llegaría el siguiente estallido. 

Ruido. Mucho ruido. Cristales cayendo como lluvia. 

Será por eso que me asustan las tormentas y los ruidos fuertes. Mucho.

Con los años he aprendido a modular el pánico. A veces incluso presencio una mascletà y la disfruto.

Hoy me hablaban de enfrentar los miedos para superarlos y he recordado cuando, embarazada, me sacaron a la calle en plena tormenta para que el “bebé” se acostumbrara a ellas.
Los rayos y truenos estaban encima. Yo temblaba y lloraba de miedo.

Habrá cosas que puedan superarse enfrentándote a ellas.
Yo nunca lo he conseguido con las tormentas.


24.5.26

Un día nublado


 


Hay días que salen nublados. No aciertas ni una. Una especie de telaraña mental te impide comprender lo que está pasando. Esos días hasta te das golpes con las puertas de tu casa…

Otros días el sol brilla, sales de tu casa contenta, tienes claro a dónde vas y lo que hay que hacer, saludas a la gente y te paras a hablar con alguien.

Mientras estás hablando se empieza a nublar el día, el cuerpo se cansa y quiere volver a casa, no sabes cómo acabar la conversación.

He aprendido que al estar contenta hay gente que se arrima solo para volcar su frustración en alguien. Es como si vieran a una persona feliz y sintieran envidia de no serlo ellos. No digo que sea algo consciente ¡eso sería maldad! No, es algo mucho más visceral, más de dentro. Es posible que no se den ni cuenta.

Cuando tomo conciencia de lo que ha ocurrido, antes me enfadaba conmigo misma. Estás cosas consiguen enfermarme literalmente. Somatizo mucho. Pienso y sobrepienso en lo que me han contado.

Ahora no.

Cuando se empieza a nublar el día, le recuerdo a mi interlocutor que tengo la ropa tendida ¡y me voy pitando!


23.5.26

Leer o no leer...


 

Dicen que ahora hay mobbing en las escuelas. Antes no hacía falta palabra nueva.

Cuando teníamos tres años ya sabíamos leer. La profesora estaba sentada en su pupitre, en silencio absoluto. Con un libro en las manos nos hacía “seguir el punto”. Una alumna leía en voz alta, de pie, desde su sitio. Cuando la seño decía basta, otra continuaba desde donde había quedado.

Un día la seño dijo: “Narcisa”.

Una compañera respondió:
—Narcisa no.

—¿Por qué?

—Porque no sabe leer.

—¿Por qué no sabe leer?

—Porque es fea.

En la clase no pasó nada más.

Ahora esto se llama mobbing escolar. Suena distinto.

Acoso es ir por la calle y oír detrás a los vecinitos gritar: ‘¡fea, fea, fea!’

Todo sea por lo políticamente correcto.

22.5.26

Mi primer amor


 

Allá a lo lejos, cuando tenía 8 años, me enamoré. Un amor sincero y apasionado que vibra todavía. Me enamoré de leer.

En casa solo teníamos revistas, tebeos, una enciclopedia y el periódico de los domingos. A papá le gustaban los comics y las novelitas de vaqueros que cambiaba en el quiosco de la esquina por 1 peseta.

Ese verano fuimos a casa de mis tíos y no había tebeos. Mi tía me dejó un libro de mi prima. Era un libro de “Los cinco” de Enid Blyton. No quería separarme de él hasta que lo terminará, cosa imposible en dos horas de visita. Al ver mi disgusto, al día siguiente papá me trajo dos libros de “Los cinco”. No acertó el título, pero me los leí. Luego de leerlos, papá los quiso devolver. Lloré y supliqué que no me separaran de ellos, eran mis amigos, habíamos compartido emociones juntos. Tan desesperado fue mi llanto que ahí comenzó mi colección.

A partir de ese momento fuimos felices, con algunas pequeñas condiciones: quitarles el polvo todos los días al volver del colegio, ayudar en casa, colaborar con los deberes de mis hermanos y mantener mi habitación en un estado cercano a la inspección militar. Después de todo eso, ya hacía yo mis deberes.

Y por la noche, debajo de las mantas y con una linterna, seguía leyendo a escondidas como cualquier persona con una adicción seria. 😊

Nuestra relación aun dura.

21.5.26

El paso del tiempo

 2014

Aquí me pongo —o me ponía con bastante frecuencia— a ver pasar las nubes entre los árboles. Me tumbaba en el suelo y fotografiaba su paso, intentando viajar con ellas. Intentando captar si soplaba el viento, si se movían las hojas, si había algún patrón o si alguna forma me devolvía otra cosa.

Miraba el cielo y el entorno a la vez, como si pudiera entender el movimiento conjunto del aire.

Y mientras tanto, el tiempo pasaba de una forma extraña: plácido, tranquilo y a la vez lleno de actividad interior. Una especie de efervescencia mental con ideas, proyectos, conversaciones imaginadas y estrategias que, sin orden aparente, se iban colocando solas con el paso de las nubes.

Desde pequeña me gustaban estos momentos, más que placer era calma. Salía de casa y subía un camino con mucha pendiente por la montaña. Allí encontraba soledad, cielo, sombra de los pinos y una roca donde sentarme. También me llevaba un libro para leer. Este escondrijo duro varios meses hasta que un día la roca cedió y yo fui detrás. No ocurrió nada grave porque me choque con un árbol, pero parecía un Ecce Homo, toda llena de arañazos más escandalosos que importantes.

Mamá tuvo excusa por varias semanas para explicar lo torpe que era su hija y la paciencia que tenía ella (una santa mártir).

Empecé a buscar otros sitios y a fijarme en la seguridad 😉

20.5.26

Una vida de lujo


Soy una adulta mayor. Cuando mi nieto fue a la guardería le diagnosticaron Altas Capacidades. Su padre, mi hijo, se hizo las pruebas y también resultó ser AACC. Al final yo también me las hice: soy una AACC mayor, madre y abuela de AACC.

Crecí como la mayor de cuatro hermanos, brazo derecho de mi madre en la crianza. Mi madre estaba enfermita, con lo que hoy, desde la distancia, podría describirse como un gran complejo narcisista; por eso me bautizaron Narcisa.

Al principio de la adolescencia empecé a apreciar injusticias, mentiras y manipulaciones. Desde fuera, eso no era especialmente conveniente. Desde dentro, era inevitable. Me convertí en una niña molesta y poco dócil. ¡Menos mal que existían los psiquiatras y los medicamentos antipsicóticos de primera generación! (Antes de eso, probablemente habrían sido las duchas frías, los electroshocks o el manicomio).

Con el tiempo, fui encajando (en apariencia) en el mundo de las niñas obedientes, raras, locas y sin amigas, aunque entonces tampoco parecía una gran pérdida.

Muchos (pero muchos) años después, una vez asimilado el diagnóstico de AACC, el drama vital adquirió explicación. O al menos una forma de ordenarlo. Y ya que había llegado hasta aquí, me dediqué a hacer lo que siempre había hecho pese a las consecuencias sociales: pensar, idear, crear… pero esta vez sin miedo, dudas ni pedir permiso para ello.

Ningún tiempo pasado fue mejor.

Y ahora, con esta distancia, me divierto.

Mal carácter

  Cuando era muy pequeña aprendí que mi lugar era sostener a los demás. No como una norma explicada, sino como una lógica que organizaba tod...