Mi abuelo era alto.
Hacíamos excursiones por la
montaña siendo yo bien pequeña… recuerdo correr tras él para poder seguir sus
pasos. Estas excursiones eran bajo el sol del verano.
Cuando me veía cansada buscaba una higuera, me
sentaba en una rama y el trepaba por el árbol hasta que encontraba higos y me
los daba.
Eso era tranquilidad. Olía a verano.
Muchos años después, a mitad de mi vida, tuve muy
mala salud y andaba siempre cansada. Una persona que me quería bien (porque no
todos los que te quieren, te quieren bien) me llevaba a unos campos con nogales
e higueras y allí podía comer los higos recién arrancados del árbol.
Y poco a poco volvía la fuerza.
Olía a verano
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