5.6.26

Mal carácter

 

Cuando era muy pequeña aprendí que mi lugar era sostener a los demás. No como una norma explicada, sino como una lógica que organizaba todo: cuidar, ayudar, no ocupar demasiado espacio.

Crecí con esa sensación de tener un “oficio” asignado dentro de la casa. Mi valor parecía medirse por lo que hacía por otros. Primero los otros. Después, si quedaba algo, yo.

Con los años, cualquier intento de apartarme de ese papel era leído como un problema. Lo que yo vivía como defensa o límite, desde fuera se convertía en “mal carácter”.


En la adolescencia, la respuesta al conflicto no fue preguntarse qué ocurría, sino corregir mi conducta. Recuerdo la intervención médica como parte de ese intento de ajuste. En ese periodo me pautaron haloperidol, triptizol y otros fármacos, dentro de un marco que buscaba más controlar la conducta que entender su origen.

He conocido a otras mujeres que reconocen algo parecido en su historia.

Mujeres que fueron “difíciles” demasiado pronto, fuera del guion esperado, y que acabaron cargando con etiquetas como exagerada, intensa, problemática, loca
.

En algunos casos la respuesta no fue escuchar, sino corregir. Y a veces, medicar.

Cuando lo escucho, me resulta familiar.

Curioso cómo algunas “soluciones” tardan años en dejar de parecer normales.



2.6.26

La marea

 


Cuando algo no encaja, la mente empieza a abrir capas. No busca una respuesta, las busca todas. Y cada explicación no cierra, abre otra. El sistema crece hasta ocuparlo todo. Y entonces no hay fin.

No hay seguridad en ninguna de las versiones. Solo variaciones de lo mismo. Y en algún punto, el suelo desaparece.

La otra mente no hace eso. Busca una sola línea. Si no la encuentra, se detiene. Vuelve siempre al mismo punto, como si insistir fuera una forma de fijar la realidad.

Dos formas de pensar el orden: una por exceso, otra por reducción. Ninguna es estable por sí sola. Y aun así, ambas siguen intentando serlo.


29.5.26

Decía D. Jorge...

 


Siempre que me doy cuenta, tengo los versos de D. Jorge Manrique en mi cabeza. Sus Coplas a la muerte de su padre hacen gala de un conocimiento de la vida que trasciende lo meramente observable. 

Nuestras vidas son como ríos
que van a dar al mar
que es el morir

Estos han sido días de renacer a la vida, de tener coraje para seguir adelante, tomar la realidad tal y como se presenta y saber que estás sola, que nadie puede resolver por ti lo que tú misma tienes que resolver.

Manrique lo dice desde el principio: Recuerde el alma dormida…

Como, muchas veces, estamos dormidos cuando no vemos lo que no queremos ver, como apartamos la mirada de aquello que nos daña; como, a veces, nos quedamos ciegos por amor. 

Por amor mendigamos. Por ser visibles también.

Pero hay una copla que me chirría, aunque por poco tiempo

Cuando, a nuestro parecer
cualquier tiempo pasado
fue mejor

Alude a una nostalgia ciega.
Manrique enseguida matiza:

Si juzgamos sabiamente
daremos lo no venido por pasado.

Y aun así, algo en nosotros se queda enganchado a la versión antigua de quien fuimos.

28.5.26

Dirección contraria


 

Me divorcié de un hombre “difícil” por decir algo, tanto que hizo santa a mamá. Tenía un hijo pequeño y busque refugio en ella. ¡Qué ilusa!

-¡En mi casa no te quiero!

-¡No pienses que voy a cuidar de tu hijo si no es por trabajo!

Y después de otras lindezas por el estilo, el veredicto, que ya llovía sobre mojado:

-¡No vales nada!

El tiempo pasa y ves que sí, que vales, que has hecho muchas cosas, entre ellas ayudar a otras personas, estudiar, impartir clases, liderar grupos, trabajar y criar. Una casa, un libro, un árbol… un hijo y un nieto.

Saborear que mi hijo centrase su vida, ver como pasa las penurias de ser padre, ver como sigue mis pasos ayudando a su hijo como yo lo ayudaba a él. Qué levanta la cabeza para seguir adelante pese a todo.

Es mi orgullo.

Moraleja: Toda educación sirve para algo, aunque sea para tomar la dirección contraria.




27.5.26

Tengo una muñeca

 

Yo tenía una hermanita. 

Nació cuando yo iba a cumplir 8 años. Las monjitas del colegio me decían:

“Narcisa, tienes que estar muy contenta y portarte muy bien. Tienes que querer mucho a tus hermanitos” Hasta el nacimiento de mi hermanita, habían nacido dos chicos.

Era coloradita y casi calva, ¡pero era tan bonita! La niña tuvo que tomar biberón así que mi yaya y yo ayudábamos a mi madre. ¡Ya éramos cuatro!

Por la noche yo la acunaba y la dormía. La quería mucho.

Era tan mona, que al crecer se convirtió en un mono satélite de mamá, solo para que mamá le hiciera caso. Eso incluyó repetir como ciertas todas las historias de mamá.

Yo tenía una hermanita.




26.5.26

Las higueras

 

Mi abuelo era alto. 

Hacíamos excursiones por la montaña siendo yo bien pequeña… recuerdo correr tras él para poder seguir sus pasos. Estas excursiones eran bajo el sol del verano.

Cuando me veía cansada buscaba una higuera, me sentaba en una rama y el trepaba por el árbol hasta que encontraba higos y me los daba.

Eso era tranquilidad. Olía a verano.

Muchos años después, a mitad de mi vida, tuve muy mala salud y andaba siempre cansada. Una persona que me quería bien (porque no todos los que te quieren, te quieren bien) me llevaba a unos campos con nogales e higueras y allí podía comer los higos recién arrancados del árbol.

Y poco a poco volvía la fuerza.

Olía a verano


25.5.26

El rayo que no cesa

 


Había días en que papá no estaba de humor. 

Teníamos que andar de puntillas porque nunca sabíamos cuándo llegaría el siguiente estallido. 

Ruido. Mucho ruido. Cristales cayendo como lluvia. 

Será por eso que me asustan las tormentas y los ruidos fuertes. Mucho.

Con los años he aprendido a modular el pánico. A veces incluso presencio una mascletà y la disfruto.

Hoy me hablaban de enfrentar los miedos para superarlos y he recordado cuando, embarazada, me sacaron a la calle en plena tormenta para que el “bebé” se acostumbrara a ellas.
Los rayos y truenos estaban encima. Yo temblaba y lloraba de miedo.

Habrá cosas que puedan superarse enfrentándote a ellas.
Yo nunca lo he conseguido con las tormentas.


Mal carácter

  Cuando era muy pequeña aprendí que mi lugar era sostener a los demás. No como una norma explicada, sino como una lógica que organizaba tod...