Cuando era muy pequeña aprendí que mi lugar era sostener a los demás. No como una norma explicada, sino como una lógica que organizaba todo: cuidar, ayudar, no ocupar demasiado espacio.
Crecí con esa sensación de tener un “oficio” asignado dentro de la casa. Mi valor parecía medirse por lo que hacía por otros. Primero los otros. Después, si quedaba algo, yo.
Con los años, cualquier intento de apartarme de ese papel era leído como un problema. Lo que yo vivía como defensa o límite, desde fuera se convertía en “mal carácter”.
En la adolescencia, la respuesta al conflicto no fue preguntarse qué ocurría, sino corregir mi conducta. Recuerdo la intervención médica como parte de ese intento de ajuste. En ese periodo me pautaron haloperidol, triptizol y otros fármacos, dentro de un marco que buscaba más controlar la conducta que entender su origen.
He conocido a otras mujeres que reconocen algo parecido en su historia.
Mujeres que fueron “difíciles” demasiado pronto, fuera del guion esperado, y que acabaron cargando con etiquetas como exagerada, intensa, problemática, loca
.
En algunos casos la respuesta no fue escuchar, sino corregir. Y a veces, medicar.
Cuando lo escucho, me resulta familiar.
Curioso cómo algunas “soluciones” tardan años en dejar de parecer normales.

