Me divorcié de un hombre “difícil” por decir algo,
tanto que hizo santa a mamá. Tenía un hijo pequeño y busque refugio en ella.
¡Qué ilusa!
-¡En mi casa no te quiero!
-¡No pienses que voy a cuidar de tu hijo si no es
por trabajo!
Y después de otras lindezas por el estilo, el
veredicto, que ya llovía sobre mojado:
-¡No vales nada!
El tiempo pasa y ves que sí, que vales, que has
hecho muchas cosas, entre ellas ayudar a otras personas, estudiar, impartir
clases, liderar grupos, trabajar y criar. Una casa, un libro, un árbol… un hijo
y un nieto.
Saborear que mi hijo centrase su vida, ver como
pasa las penurias de ser padre, ver como sigue mis pasos ayudando a su hijo
como yo lo ayudaba a él. Qué levanta la cabeza para seguir adelante pese a todo.
Es mi orgullo.
Moraleja: Toda educación sirve para algo, aunque sea para tomar la dirección contraria.
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