Soy una adulta mayor. Cuando mi nieto fue a la guardería le diagnosticaron Altas Capacidades. Su padre, mi hijo, se hizo las pruebas y también resultó ser AACC. Al final yo también me las hice: soy una AACC mayor, madre y abuela de AACC.
Crecí como la mayor de cuatro
hermanos, brazo derecho de mi madre en la crianza. Mi madre estaba enfermita,
con lo que hoy, desde la distancia, podría describirse como un gran complejo
narcisista; por eso me bautizaron Narcisa.
Al principio de la adolescencia
empecé a apreciar injusticias, mentiras y manipulaciones. Desde fuera, eso no
era especialmente conveniente. Desde dentro, era inevitable. Me convertí en una
niña molesta y poco dócil. ¡Menos mal que existían los psiquiatras y los
medicamentos antipsicóticos de primera generación! (Antes de eso, probablemente
habrían sido las duchas frías, los electroshocks o el manicomio).
Con el tiempo, fui encajando (en
apariencia) en el mundo de las niñas obedientes, raras, locas y sin amigas, aunque
entonces tampoco parecía una gran pérdida.
Muchos (pero muchos) años después, una vez
asimilado el diagnóstico de AACC, el drama vital adquirió explicación. O al
menos una forma de ordenarlo. Y ya que había llegado hasta aquí, me dediqué a
hacer lo que siempre había hecho pese a las consecuencias sociales: pensar,
idear, crear… pero esta vez sin miedo, dudas ni pedir permiso para ello.
Ningún tiempo pasado fue mejor.
Y ahora, con esta distancia, me
divierto.
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