Hay días que salen nublados. No aciertas
ni una. Una especie de telaraña mental te impide comprender lo que está
pasando. Esos días hasta te das golpes con las puertas de tu casa…
Otros días el sol brilla, sales
de tu casa contenta, tienes claro a dónde vas y lo que hay que hacer, saludas a
la gente y te paras a hablar con alguien.
Mientras estás hablando se
empieza a nublar el día, el cuerpo se cansa y quiere volver a casa, no sabes cómo
acabar la conversación.
He aprendido que al estar contenta
hay gente que se arrima solo para volcar su frustración en alguien. Es como si
vieran a una persona feliz y sintieran envidia de no serlo ellos. No digo que sea
algo consciente ¡eso sería maldad! No, es algo mucho más visceral, más de
dentro. Es posible que no se den ni cuenta.
Cuando tomo conciencia de lo que
ha ocurrido, antes me enfadaba conmigo misma. Estás cosas consiguen enfermarme
literalmente. Somatizo mucho. Pienso y sobrepienso en lo que me han contado.
Ahora no.
Cuando se empieza a nublar el día,
le recuerdo a mi interlocutor que tengo la ropa tendida ¡y me voy pitando!
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